martes, 20 de octubre de 2009

Domingo a la tarde

Domingo a la tarde. Vinieron unos amigos a casa para enfrentar grupalmente un día en que, por lo general, “enfrentar” es la palabra que cabe. Llamamos a un amigo más, para que la noche nos encuentre en una cena rápida, tempranera y entretenida (una cena dominguera, sin más). Esperando al cuarto amigo, sucede algo terrible: el baño deja de funcionar. -Prohibido hacer pis- decreto, e imaginando mi baño convertido en el de un micro larga distancia, llamo al amigo que estaba en camino y le digo que la cena cambia de sede y es en su casa. Las ganas de hacer pis del grupo crecen de manera inversamente proporcional a la inamovilidad de mi decisión de que nadie entre al baño.
Decidimos irnos, subimos al auto de G y emprendemos nuestro viaje hacia lo de M. Llegamos al rato y el nivel de desesperación por subir a una casa con baño aumenta. Cruzamos la calle, y sólo unos pocos metros median entre nosotros y el tan ansiado inodoro. Mientras cruzamos, vemos una señora mayor con una cartera y una bolsa más pesada de lo que sus 87 años pueden cargar, esperando en la esquina. Nos para y le pregunto si quiere que le ayudemos a cruzar la calle. Nos contesta que no, que en realidad quiere que la acompañemos hasta su casa, que está cansada y tiene que caminar tres cuadras más. G pone cara de pánico, ir al baño es una urgencia y supongo que calcula que caminar tres cuadras con una señora tan entrada en años puede tomar una eternidad. La miro y le digo que suba a lo de M, que yo acompaño a la señora. H se ofrece a venir con nosotras. Agarro la cartera y la bolsa de la señora, la tomo del brazo derecho y H hace lo propio con el izquierdo. Nos cuenta Yanet (ese es su nombre), que pasó el día en un campito en Las Rejas, que fue con el club de jubilados que hay en la otra cuadra, con otras 50 personas. Que en realidad el micro la dejó en Cabildo y Lacroze y que prefirió caminar las 10 cuadras porque los taxis están carísimos, que ella no le teme a la gente, que si a los jóvenes se les habla bien, ellos son muy sensibles y que ella entonces prefiere pedir ayuda. Que le diga a mi amiga, la que se quedó, que no tenga miedo cuando se le acerca un extraño (no se puede andar temiéndole a la humanidad). Justo en la mitad del recorrido, me pide que abra la bolsa que estoy llevándole, ella compró en el campito unas empanadas y nos las quiere regalar, para tres alcanzan. Que si, que no pero gracias, que si, pero que el salamín se lo deje. La dejamos en la puerta de la casa, volvimos caminando apresurados y cenamos una docena de empanadas.

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